Una medida extrema

Juan se baja del autobus que lo transportaba. Es un día gris y frío. Mira su reloj preocupado, pues el autobús se ha retrasado más de una hora en llegar a su destino. Al desender del autobús se dirije al guardaequipaje para reclamar su maleta. Como no espera demorase mucho en esa ciudad, decidió llevar un equipaje medianamente ligero. Vuelve a consultar su reloj.
Le preocupa llegar tarde a su cita con el cliente, ya tienen el tiempo encima y por si fuera poco, no conoce la ciudad. Lo acompaña su inseparable laptop, herramienta indispensable para realizar el trabajo que vino a realizar.

A la distancia, la figura de un hombre misterioso lo observa con ojos maliciosos. No lo estaba esperando precísamente a él, pero sí a su equipaje. Comienza a seguir a Juan, quien se dirije al umbral que traspasa a la sala de espera de la terminal de autobuses. Permanece a una distancia considerable, esperando el momento justo para dar la estocada perfecta. Como buen predador, vigila con astucia a su presa, sin que ésta se percate de sus movimientos o intenciones.

Juan se detiene a la mitad del trayecto de la sala de espera. No recuerda el lugar a donde debe ir por lo que busca en sus bolsillos la agenda electrónica en donde tiene sus anotaciones. En ella, se encuentran datos muy importantes para Juan, así como, en este caso, la dirección y teléfonos de contactos a donde debe llamar a sus clientes en caso de cualquier eventualidad. En pocos momentos marca a un número telefónico en su celular y avisa a la recepcionista que llegará un poco tarde a la entrevista debido a una demora de transporte.

El predador sigue a la espera. Por un momento pensó que la llamada telefónica era el momento preciso, pero mientras Juan llamaba giraba en todas direcciones, sin sospechar nada, pero seguramente lo vería acercarse y delataría sus movimientos, así que decide esperar un poco más. Si no puede actuar antes, debe esperar la señal. El momento idóneo para atacar a su presa.

La llamada termina y Juan comienza su caminata de nuevo hacia la salida de la terminal. Divisa los Taxis que esperan por ser contratados. Una mujer pasa por un lado de Juan, muy cerca y choca ligeramente con él. El empujón hace perder un poco el equilibrio a Juan y el maletín que pende de su hombro se desliza por su brazo. Esta es la señal esperada. Es entonces cuando el misterioso hombre se lanza sobre Juan, terminando con su intento por recuperar el equilibrio y lo arrolla.

Se escucha el grito ahogado de una señora, la voz por el altavoz de una mujer anunciando la salida del próximo autobús. Un poco mareado y recostado sobre el piso Juan reacciona rápidamente, no sabe exactamente lo que ha ocurrido, pero se lo imagina. Se mira a si mismo con preocupación. No está herido. No hace falta su maleta, pero sí hace falta el maletín de la laptop. En un instante fugaz busca con la mirada desesperadamente a su agresor. Lo encuentra a unos 20 pasos corriendo con el maletín en brazos. Sin perder tiempo, Juan saca de un bolsillo oculto en su chaqueta un pequeño aparato del tamaño de una caja de cerillos. Es metálico y tiene un gran botón rojo en el centro. Juan oprime el botón del aparato y voltea a ver al atacante, que por la carrera ya va más lejos, pero aún lo ve… se dice a si mismo “Lo siento…”.

El hombre corre victorioso con la maleta en una mano. Gira la cabeza para comprobar que su víctima no lo sigue. Juan no lo sigue, pero el hombre ve en su mirada un gesto de odio y compasión por él. El hombre sigue corriendo y no pone atención. En un instante escucha una fuerte sonido proveniente de uno de sus extremos, un sonido muy fuerte y doloroso. Algo acurrió con el maletín. Le había explotado el maletín en el brazo derecho destrozándole todo el brazo. Calló al suelo inconciente por el impacto.

Juan no llegó a la cita y perdió su preciada laptop. No se volvió a ver en la estación del autobuses después del insidente. Una mujer que había visto lo sucedido había mencionado que le habían robado una computadora a un jovén y que poco después ese maletín, en donde estaba la computadora, estalló destrozándole el brazo al asaltante.

El hombre no está muerto, solo muy mal herido. No podrá recuperar su brazo nunca más. La explosión lo había pulverizado. Y siempre se preguntará, porqué decidió ese día robar algo que no le pertenecía.

Fin.

¿Te parece cruel esta historia? Tal ves por ahora te suene que el chico de la laptop, Juan, tomó una actitud demasiado extrema para proteger sus poseciones, pero que no nos sorprenda que algún día lleguemos a ver algo parecido en los noticieros si es que la inseguridad sigue como hasta ahora y en aumento y además que las autoridades de nuestro país sigan dejando que los asaltantes, secuestradores, violadores y demás ampones sigan libres, mientras las cárceles se cuecen en inocentes y chivos expiatorios.

Si te parece inetersante lo que aqui se expone, déjanos tus comentarios.

NOTA: Éste post fue publicado originalmente el 2006-03-03 15:53:16.

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