Erotismo de un sueño extraño sin final

Anoche tuve un sueño muy raro… Y erótico, no húmedo, pero sí erótico, el cual tengo intensiones de redactar aquí. Tal vez con ésto me gane la etiqueta de “Blog no apto para todo tipo de público”, peeero, aún así lo haré. Así que creo que es obligada la advertencia.

ADVERTENCIA

Si usted se siente ofendido por cosas relacionadas con los relatos eróticos, con contenido sexual o es menor de edad, por favor, no lea éste texto o léalo bajo su propio riesgo y criterio. El siguiente texto es sólo para personas de amplio criterio y mayores de edad (aunque dudo a qué le llamen “mayoría de edad”, no sé si debería ser un número de años cumplidos o un estatus psicológico y mental). De antemano ofrezco unas sinceras disculpas por el lenguaje soez del texto.

Advertidos están y empiezo entonces. Espero recordarlo todo…

Primero, como que estaba en un pueblo. Un pueblo de calles de arena y terracería, no tenía mucho que había llovido porque el suelo estaba húmedo, había charcos y lodo. Es un pueblo donde hay mucha vegetación y las casas de concreto y cartón salen como si crecieran del suelo junto con la maleza, las plantas y los árboles, pareciera que son del mismo entorno, pero de materiales diferentes.

Era de madrugada o de noche, no sabría decirlo. No había neblina, pero sí hacía un poco de frío, se notaba que no hacía mucho que había dejado de llover, pero más bien parecía como si estuviera amaneciendo o anocheciendo, porque se veía bien, pero no como cuando hay luz de día, sino como en penumbra. Estaba esperando el microbus para ir a “no sé donde”, sólo sé que lo esperaba por donde pasaba y llegó. Me subí y le pagué al chofer, sabía también que debía devolverme $5 pesos de cambio, no recuerdo cuánto costaba el pasaje, pero sí sabía cuánto me tenían que devolver.

El chofer me dio en cambio un objeto rectangular, pero muy aplanado, envuelto en una bolsa de plástico color amarillo, el objeto era del tamaño como un block de post-its nuevo, de ese grosor, más o menos, pero no tan cuadrado, sino más bien rectangular, pero tenía los bordes muy redondeados. Tampoco sé si el color de la bolsa sea relevante. Cuando me lo dio, se mostraba nervioso, y pensé: “¿Debo aceptar el ‘paquete’ como cambio por los $5 pesos?”. Lo acepté. Caminé a un lugar desocupado y me senté, mientras el microbus avanzaba, desenvolví el objeto y parecía como un escudo. Como un escudo -creo-, pero como hecho de plastilina o plasti-loca.

Me extrañé muchísimo, estaba como mal hecho, al mirarlo mejor, ya no me parecía mucho el escudo, sino más bien me refiero la figura que tiene el estado, luego, ya no estuve seguro de lo qué forma tenía, pero me sentía desilusionado, enojado y como que decepcionado. Me decía: “Ésto está mal hecho, de muy mala calidad, ¿Cómo es posible que hagan estas cosas así? ¿Cómo lo hicieron?” Ahora lo examinaba con el tacto, parecía blando, pero no tanto como la plastilina, sino más bien como plasti-loca, que se siente duro, pero se sentía como que no acaba de secar, como si lo pudiera romper y entonces apliqué un poco de presión y se quebró. Dentro tenía un objeto de plástico que representaba el contorno del objeto envuelto en la plast-iloca, pero sólo el contorno, es decir, estaba hueco, como si fuera el marco de un cuadro pero vacío y parecía de plástico, pintado de color cromado y desgastado, como los emblemas de los coches. Me enojé. Me levanté y fui con el chofer y le dije “¡¿Qué es ésto?! ¡¿Por qué me lo dio?¡ ¡No! ¡Quiero mis $5 pesos!”, y el chofer ponía cara de preocupación, pero como pensando “Ya me lo esperaba”, se veía afectado por la situación, como si también le diera pena… Afligido. “Lo siento, joven, pero es que ya no podemos darnos el lujo de dar monedas como cambio…”, contestó el chofer. Me lo decía con un tono suave, como esperando que lo comprendiera y me calmara, como quien no quiere tener problemas. Me calmé y me tomé un asiento junto al chofer y le dije “Qué mal… ¿Cómo es eso?… ¿Por qué?…”, estaba confundido, pero también trataba de mostrarle que lo “comprendía”, pero en realidad no lo hacía, de hecho, no entendía nada. El chofer se soltaba con un choro que medio escuchaba, de que el gobierno no permitía y no sé qué más, mientras veía a la gente del microbus, que estaba como perdida, como si estuviera en una de esas películas de “futuro cercano”, en donde todo está desolado … “¿Ahora me entiende?”, decía el chofer y me sacaba de mi observación, “Creo que si…”, contesté. Me quedé pensando y de pronto ya no estaba ahí, sino en otro lugar.

Estaba en una casa, no con muchos muebles, una casa no muy grande, de concreto, adaptada a un bar o algo parecido. Todo estaba en penumbra, con una que otra luz de color rojo o verde, como un bar de esos tristones de un pueblo olvidado. En el bar, la música no era muy alta y tampoco había mucha gente, había una barra improvisada… Pocas mesas de madera… Poca bebida… Pocos meseros… Un barman detrás de la barra sirviendo los tragos, pero no apurado como si hubiera mucha gente, sino con desgano, como si no le importara dar un buen servicio. En ese lugar, estábamos Fede y yo, no recuerdo si Kike y Robe también, pero sé que íbamos varios, pero no recuerdo con exactitud a los demás, sólo a Fede. Estaba sentado a mi izquierda y platicaba conmigo, pero yo me dedicaba a mirar el lugar, a observarlo, como si tratara de “recordarlo bien para después”, no escuchaba la plática, pero tampoco era una gran conversación, sino como sólo haciendo comentarios no’más. Veía a unas personas en otra mesa, lejos de nosotros, había pocas mesas, entonces, estaban muy separadas. Pensaba: “Aquí caben más mesas sin problema, sin estar apretados y cabrían más clientes”. Veía dos chicas en la otra mesa, acompañando a las personas que estaban ahí, no les veía las caras, sólo las siluetas de los cuerpos que la penumbra te deja ver, pero sí sabía y alcanzaba a observar que las chicas no estaban desnudas, ni siquiera en ropa interior o ropa como la que acostumbran las chicas en un table dance, pero me daba la impresión de que ahí era un table dance o un putero o algo así, porque la actitud de las chavas, sí era la misma, pero iban vestidas normal: con jeans y blusas, incluso se notaba que llevaban brassiere, como si fueran chavas normales que ves en la calle, pero su actitud para con los clientes sí era la misma: coqueteando, provocando, tocando, sentándose en las piernas y agasajando se o fajandose a los clientes.

En eso, se levantó un tipo de la otra mesa y caminaba de la mano de una chica, la chica caminaba delante del tipo, como en los table. Los seguí con la mirada, para ver a donde iban. No me había dado cuenta de que habían unas escaleras que subían a un segundo piso hasta que ellos subieron por ahí, y ahí me dije “Si, estamos en un putero”. Mientras veía a la pareja subiendo por las escaleras, no me di cuenta de que un mesero llego con dos o más chavas, una para cada quien. Cuando vi a la chava pude corroborar que la ropa que vestían era como una chava que ves caminando por la calle, de jeans y blusita, pero muy coqueta la chava y eso si, gupísima y buenísima, la veías y creías que no habías visto una chica así de guapa en tu vida. Vi a la chica y me preguntaba “¡¡No manches!! ¡¡Qué guapa y qué buena está la condenada!! ¿Y me la voy a coger? ¡Chale! ¡No sé, pero si sí, qué chingón!”, pero también vinieron a mi mente preguntas como “¿Pues dónde estamos? ¿Por qué estas chavitas tan bonitas trabajan aquí? ¿Cuánto me va a costar ésto? Y no tengo lana como para ésto… Dije ‘chavitas’… Sí… chavitas…”, mientras pensaba eso, me di cuenta de que las chavas no eran muy grandes de edad, o al menos, rayaban en la mayoría de edad, pero tampoco eran tan chavitas, ni niñas tampoco, se me figuraba que rondaban los 18 o 19, algunas incluso se notaba a leguas que no tenían más de 17, pero estaban que se caían de buenas, o sea, las veías y casi no podías resistirte a cogerte a una. Fue en ese momento en que pensé “¿Ya estaré tan pedo que no puedo aguantarme las ganas de cogerme a esta chava, valiendo me madres lo que cueste?… O quizas… Y por qué no… A lo mejor y estoy o estamos drogados… no sé…”, no podía distinguir si estaba pedo o drogado o ninguna de las dos y sólo alucinaba o no sé, me sentía sobrio, pero con una lujuria casi incontrolable. El olor de las chavas incitaba y no era un olor a perfume, sino más bien, olor a sexo.

“Seguro que Fede me dice algo como ‘¡Wey! ¡Bájale! ¿Sabes cuanto cuestan éstas chavas?’…”, pero lo veía por detrás de la chava y no me decía nada. Nadie decía nada, cada quien estaba en su pedo, con su chava, tomando o platicando, como si todo estuviera bien, que no había pedo y comprendí que entonces no habría problema y que me dejara llevar. Fue así como me dejé de pensamientos y me dediqué a atender a la chica, nos acariciábamos, nos besábamos… Con un deseo y un libido que era como de esas esas veces que cada sensación importa. Entonces, la chava, que por cierto sí se veía como de 18 o 19 años, me desabrochó el pantalón y así como va, ahí en la mesa donde estábamos todos, empezó a chupármela, pero con un gozo, que me encantaba. “¡No manches! ¡La mama delicioso¡”, pensaba y volteaba a ver a mis amigos, me dio pena de pronto, porque nos vieran, pero a nadie le importaba y pensé que si a nadie le importaba, entonces “estaba bien”. La chava lo hacía formidable y lo gozaba muchísimo, mientras me la chupaba se iba desnudando y se masturbada y frotaba sus tetas con ganas… Con ganas de tenerla adentro, no decía cosas sucias, ni nada por el estilo, ni obscenidades, en verdad le agradaba y me parecía que yo le gustaba y se excitaba conmigo, al igual que yo con ella. Ya estaba desnuda totalmente y muy mojada, me quitó los pantalones y la playera, quedamos completamente desnudos los dos, el lugar no tenía aire acondicionado y el calor se sentía húmedo, me daba la impresión de que seguía en el mismo pueblo que cuando estaba en el microbus. Nuestros cuerpos estaban sudados y nos deseábamos, volví a mirar por detrás de la chava y esta vez sí me alarmé un poco… ¡Nadie estaba cogiendo con nadie! Pero seguían en lo mismo, platicando y tomando o fajando con sus respectivas chicas, pero ahora, parecía que todo iba más lento, como en cámara lenta o casi sin moverse, los únicos dispuestos a coger ahí mismo y sin inhibiciones o que nos importaba nada, era la chava y yo, y ya a esas alturas me no me importaba nada, sólo quería estar dentro de ella, y ella quería tenerme dentro. Nadie se alarmaba de la escena, de hecho, alguien nos volteó a ver, no recuerdo si fue Fede o Robe primero, luego el otro, pero nos vieron como algo “normal” que pasa aquí, como que a eso íbamos y “estaba bien”.

Sentado, esperando que ella se acomodara, se montó en mis piernas, de frente a mi, nos veíamos a los ojos, nos deseábamos… Aún no estaba adentro… Se sentía el roce de la piel sudorosa… Jadeábamos, pero no de cansancio… Entonces ella bajó su mano a su entrepierna y tomo mi pené, acomodándolo en su vagina, para iniciar la penetración, ya sentía la humedad, muy bien lubricada y penetré… “¡Qué estrecho! ¡Wow! ¡Qué sensación!”, pensaba, mientras me estremecía de placer, la abrazaba con fuerza y la sensación me hacía encorvar la espalda hacía atrás… Igual que ella… Mientras la penetraba, ella gemía de placer a cada centímetro que mi pene avanzaba, sin fricción… La lubricación era perfecta, me incitaba y entrar cada vez más. Una vez bien adentro, me llegó el placer del calor de su cuerpo… Húmedo, pero no lastímero, al contrario, te envolvía, estábamos muy juntos, piel con piel o a flor de piel, como dicen. Comenzó el vayven… Lento… Disfrutando cada penetración hasta el fondo… Poco a poco comenzó a subir de velocidad, pero no desmesurada, sino cuidando de no perder el control, como no queriendo perder lo. La excitación y el placer nos hacían incrementar un poco las entradas y salidas de mi pene en su vagina, que cada vez estaba más húmeda y caliente, pero en los espasmos de lucidez de aquellas sensaciones, disminuímos el ritmo de nuevo, disfrutandolo todo… Sus jugos vaginales ya bañaban todos mis testículos y mi entrepierna… El movimiento subía la temperatura… Empezamos a llegar al clímax, el orgasmo se sentía lejano aún, pero se acercaba lentamente, ella gemía de una forma que me excitaba cada vez más, nada fingido, se notaba, se sentía, lo estaba disfrutando al igual que yo: mucho… Tal vez demasiado… Poco a poco llegaba el éxtasis, empezamos a subir el ritmos ya sin detenernos, sabíamos que venía para ambos y tratábamos de encontrarlos, de chocarlos y explotarlos al mismo tiempo, de pronto ya venía el mío y sin decir nada, ella, con la boca y los ojos muy abiertos, me asentía que el de ella también y explotamos en un delicioso orgasmo unísono… Largo… Muy largo… Con espasmos de nuestros cuerpos que chocaban por momentos… Gemidos… Arrebatos… Arañazos… Mordidas… Besos… Caricias… Todo al mismo tiempo y sin medida… Nada existía… No había nada ya… Estábamos sólos, ella y yo, en esa silla, en un lugar donde no había nada más que nosotros…

Poco después llegó el éxtasis post-orgasmo, jadeos de cansancio, la frescura del poco aire que rosaba la piel, con el sudor, refrescaba. Me recliné hacia atrás y dejé caer la cabeza sobre el respaldo de la silla, dejando que colgara… Ella me abrazaba y estaba recargada en mi hombro, tratando de reponerse… Cerré los ojos… Disfrutando la sensación de lo que acaba de pasar… Recordando… Cuando abrí los ojos, estábamos en el mismo lugar, pero ahora las luces estaban más encendidas, era de noche, pero ya no estaba desnudo, estaba vestido y la chava ya no estaba sobre mi, ni desnuda. Permanecía sentado en la misma silla, pero ahora, en otra esquina del lugar y había más gente, como si hubieran entrado de pronto. Las chavas estaban ahora reunidas junto al barman, todas vestidas, con sus jeans y blusitas, veía a tipos con armas y placas de policía colgadas al cuello, 45’s, rifles, AK-47… No nos apuntaban, pero parecían sorprendidos. Tenían cara de cansancio y desvelo. En un sillón viejo, en una esquina, estaba lo que parecía el jefe de los policías, vestía una camisa a cuadros blancos con líneas rojas, deslavada, pantalón de mezclilla y botas vaqueras. Llevaba colgada también su placa en el cuello, al estilo de los policías gringos y llevaba una de esos chalecos de cuero café donde se cuelgan las pistolas a lado de las costillas. Llevaba 2 pistolas 45 a cada lado y estaba interrogando a Fede. “¿Qué pasa? ¿Por qué Fede está ahí? ¿Qué le están preguntando? ¿Qué es éste lugar?”, me decía para mi y el pánico me invadió, “¡Mierda! ¡¡Me acabo de coger a una menor!! ¡¡Sí, eso debe ser!! ¡¡Estamos en un putero clandestino y las chavas son menores de edad!! ¡¡Ya me cargó la chingada!!”, no dejaba de pensar en eso.

El policía no parecía satisfecho, no encontraba lo que vino a buscar y sólo escuché que Fede, aún alcoholizado, decía: “Yo no sé, oficial, ¡A mi me engañaron!”, mientras se levantaba para irse y el oficial le decía que podía retirarse. Se frotaba la frente como preocupado, no encontraba lo que buscaba y el siguiente a interrogar era yo. Lo veía y me asustaba, no sabía que decir. Sabía que todos me habían visto cogerme a la chica sentado en la mesa donde estaba, ¡Todos lo vieron, maldita sea! ¿Debía mentir? ¿Y si no me creían? ¿Y si los nervios me traicionaban? ¿Qué debía decir? Quería platicar con Fede antes de sentarme a que me interrogaran, quería preguntarle qué le habían dicho, qué buscaban, si estaba en problemas y si debía contestar lo mismo: “Que nos habían engañado”… ¿Pero cuál engaño? ¿Que las chavas eran menores u otra cosa? ¿Qué buscaban? ¿Era a mi? ¿A alguien más? De entre la gente vi a la chava con la que estuve, se mostraba preocupada por mi, me miraba de entre la gente y con la mirada me decía: “No quiero que nada de pase…”, pero tampoco comprendía por qué estaban aquí esos sujetos o qué querían. Me miraba como si no hubiéramos hecho nada malo, pero había complicidad en su mirada, ambos sabíamos que no había sido un sueño.

Estaba muy asustado, por lo que me me fueran a preguntar y lo que pasara después, de que no me creyeran y todo lo demás. “Siguiente por favor…”, dijo el jefe de los policías, que estaba ahora parado frente al sillón donde antes estuvo con Fede, “Ah,  sigues tu…”. Me levanté de la silla y empecé a caminar hacia él… La chica me miraba asustada… Yo estaba asustado… Se me notaba, estaba nervioso y sudaba mucho. “Me descubrirán…”, pensaba para mis adentros, “Lo sé… No importa lo que diga… Aún huelo demasiado a sexo y nada está bien…”.

Y en eso desperté.

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3 comentarios to “Erotismo de un sueño extraño sin final”

  1. Wow! vaya historia…. alucinante… e inquietante, pero muy buena. felicidades.

  2. […] Japega blog blog… Tan sólo otro weblog de WordPress.com « Erotismo de un sueño extraño sin final […]

  3. Gracias, compa.

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